Los que sois de la generación anterior al 90, ¿os acordáis de cuando nadie tenía un teléfono móvil en clase? De esa época en la que el único aparatito era el “tamagochi” que acababa requisado en el cajón de la profesora junto con los tazos y los cromos (porque sí, antes hasta en el instituto la gente mantenía esa dulce infancia, no como ahora que con 10 años puedes esperarte lo peor).

Cuando comenzaron los teléfonos móviles a ser accesibles para la “clase media” supuso un boom. Todo el mundo tenía su “ladrillo” con politonos, de esos que se caían y no se rompían. Llamar, descolgar y poco más. Pero todo el mundo tenía uno, o dos! Los cajones de los tutores se llenaron de cacharritos vibradores con música.

 

Personalmente puedo hablar desde un punto de vista privilegiado, ya que no toqué ni un móvil hasta los 17 años (no por nada, básicamente porque no me hacía falta).

El otro día le recordaba a una amiga de cómo nos apañábamos para quedar. Nada de Facebook ni sms al móvil. Todos teníamos los teléfonos fijos y conocíamos a las madres de nuestros amigos y preguntábamos “está Pepito, se puede poner?”.

Yo a esto lo llamo los cambios de los cambios. De cómo ha cambiado un aspecto social por el cambio de la manera de comunicarse o de hacer las cosas.  Ahora con la nueva remesa de móviles de alta gama (ahora gama básica, porque casi no hay de otro tipo), todo es táctil, colorido, con internet, juegos, chats… ¿No os ha pasado que algunos conocidos ya no os miran a la cara cuando habláis porque están mirando la pantalla de la Blackberry? Fijaros, al menos desvían la mirada un par de veces.

 

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